Recibí una visita de lo mas inesperada. Eran dos mujeres hermosas, una de ellas era alta y de cabellos negros que caían sobre sus hombros cual torrente de aguas. Su rostro inmaculado y sin marcas denotaba una presteza impresionante. Sus labios eran finas hendijas que parecían no haber realizado una sonrisa en su vida. Sus ojos eran negros como la misma oscuridad y me miraban fijamente sin siquiera pestañear. A su lado se encontraba otro ser que competía en belleza, pero a diferencia de la otra, esta transmitía en su mirada una tristeza infinita, sin fin. Sus cabellos eran grises y largos, muy largos, tocaban casi el suelo de tan largos que eran. Su rostro era bellísimo, pero se veía opacado por esa mirada triste, ida, casi sin vida. Me saludaron y la sangre se heló en mis venas.
-Hola Laureano, ¿sabes quienes somos?
Sin pensarlo asentí, muy dentro mio lo sabía, tanto como sabía que jamás en mi vida las había visto.
- Hemos venido a quedarnos contigo, nuestra compañía será la única que tendrás, por un tiempo.
Un gemido involuntario salió de mis labios. Al instante caí postrado delante de ellas y lloré amargamente, como nunca antes lo hice. Por mi mente pasaban pensamientos fugaces pero uno solo eclipsó a todos los demás: ¿Porque Dios? ¿Porque!? Pero no oí su voz, mis oídos estaban cerrados, la presencia de estas criaturas había embotado todos mis sentidos.
Y así quedé, por un largo tiempo solo, en compañía de la Soledad y de la Tristeza.
Al despertar sentí todo mi cuerpo dolorido. Las sábanas estaban mojadas de tanto que había llorado. Miré hacia todos lados en la oscuridad de mi habitación, no había nadie mas que mi presencia, aunque no estaba tan seguro de ello...
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